Breve historia del libro


Todos los 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro. En este tipo de fechas nos solemos encontrar en la eterna encrucijada respecto a la interrogante: ¿Qué es el libro?

Podría ser una extensión de la memoria y la imaginación como lo definía Jorge Luis Borges, que consideraba que se trataba del instrumento más asombroso del hombre  y que todos los demás no llegaban a ser más que meras extensiones de su cuerpo. En ese mismo ensayo, Borges afirma que no le interesa el libro como objeto físico, sino “las diversas valoraciones que el libro ha recibido” (171). Por otro lado, y como lo cita Roger Chartier en Historia de la lectura en el mundo occidental de 1995, Borges declaró acerca de Don Quijote:

Todavía recuerdo aquellos volúmenes rojos con letras estampadas en oro de la edición Garnier. En algún momento la biblioteca de mi padre se fragmentó y cuando leí El Quijote en otra edición tuve la sensación de que no era el verdadero. Más tarde hice que un amigo me consiguiera la edición de Garnier, con los mismos garabatos de acero, las mismas notas al pie de página y también las misma erratas. Para mí todas esas cosas forman parte del libro; considero que ese es el verdadero Quijote. (18)

En este ejemplo Borges reconoce la importancia de la materialidad como algo indivisible del concepto de libro. Pero en el ensayo mencionado de 1978 hay un dato importante y es acerca de las valoraciones, es decir, lo que el lector, o más bien un grupo de lectores, hacen del libro, más allá de la intención del autor. Entonces el libro es un contenido, una idea; y a la vez un objeto material y su recepción tiene un papel relevante. Pero aún no está respondida la pregunta, tal vez tendríamos que hacer un recorrido por su historicidad.

La forma más primitiva de formato de texto escrito era el rollo de papiro o pergamino, que surge en la Antigua Grecia. Sócrates, recordemos, se oponía a la escritura porque consideraba que iba a implicar la pérdida de la memoria en las personas y esto traería consecuencias terribles para el espíritu humano, al menos así lo retrata Platón en su diálogo Fedro. Éste último también iba a considerar el discurso hablado como “discurso de verdad” y al libro como una esfinge, porque parece que está viva pero si uno le habla no le responde. Por ende el libro contiene un mensaje, el emisor ha desaparecido y el receptor da su propia interpretación, y por consiguiente, reescribe ese mensaje. En la época helenística los rollos eran el soporte de almacenamiento de la imponente Biblioteca de Alejandría y estaban pensados para ser leídos en voz alta, como una suerte de praxis teatral.

En la Alta Edad Media se produce un cambio en la forma de leer; se pasa de la lectura en voz alta a la lectura meditada, una forma de lectura silenciosa o murmurada. Esto era debido a que en los templos religiosos era necesario reducir el tono de voz. El libro pasa a ser un objeto sacro que contenía la palabra de Dios. En esa época el rollo es sustituído por el códice manuscrito, el libro con páginas cosidas y encuadernadas. El término "códice" se suele aplicar al libro previo a la invención de la imprenta, si bien el libro actual es también un códice. Distintos fenómenos sociales se fueron desarrollando con el aumento de la alfabetización. El renacimiento de ciudades con sus respectivas escuelas, hizo que aumentara cada vez más el número de lecturas y la necesidad de una diversidad de las mismas.

Ese pasaje de la lectura en voz alta a la lectura silenciosa implicó una serie de modificaciones en los textos: se agregaron los espacios entre las palabras, los signos de puntuación, la división por párrafos, entre otras cosas. Henry-Jean Martin hablaba del triunfo de lo blanco sobre lo negro, en el sentido de que la página presentaba una aeración gracias a la ruptura de la continuidad ininterrumpida del texto (Chartier 1999:112). Las bibliotecas salían del aislamiento monástico o del angosto espacio episcopal de las catedrales románicas, volviéndose urbana y amplia. El libro se convertía en un símbolo de libertad, ya que la lectura visual y silenciosa conseguía emanciparse del control de las autoridades eclesiásticas. Esto derivó en un desarrollo de la conciencia crítica, del pensamiento e incluso para las prácticas del erotismo (Chartier 2011:46). Es allí donde surgen los libros en lengua vernácula, libros de esparcimiento y devoción que convivían en las bibliotecas junto con los autores griegos y latinos clásicos.

La revolución se dio entre la Edad Media y el principio de la época Moderna con el surgimiento de la imprenta. El invento de Gutenberg permitió la reproducción y circulación de textos a una rapidez impensable anteriormente. Antes, no se concebía el hecho de que hubiera dos copias exactamente iguales de un mismo libro. El corpus se incrementó enormemente y se pasó a una lectura intensiva, a una rabia de leer. Se leía cada vez más cantidad, con más avidez, más celeridad, dando paso a una lectura libre, desenvuelta e irreverente (52). La importancia que adoptó el libro llevó a ser un indicador de status social. Como sucede en el caso de El bibliómano ignorante de Luciano de Samósata, donde el protagonista gasta fortunas para poseer una biblioteca envidiable pero sin criterio alguno, ya que nunca leía ninguno de los libros que había en ella. El ignorante consideraba que la sola posesión de los libros automáticamente le brindaba el conocimiento y una posición de privilegio en los círculos eruditos, siendo el hazmerreír de todo el mundo por su ridiculez.

La historia del libro siempre ha ido de la mano de la historia de las sociedades, condicionada por el desarrollo de los fenómenos sociales. Las nuevas tecnologías informáticas y ese antiguo sueño de la biblioteca universal, sin muros, que tuviera todos los libros al alcance y el deseo de la inmediatez han llevado a la textualidad electrónica. Curiosamente, mediante esta modalidad desaparecen las páginas y el formato se parece mucho más al antiguo rollo que al códice. El mundo digital ha llevado a muchos a pensar que el libro físico se encontraba en vías de extinción, que estábamos presenciando su rápida agonía. Pero como señala Chartier, cada mutación de la forma del libro “produjo una coexistencia original entre los antiguos objetos y gestos y las nuevas técnicas y prácticas” (23).

Pero más allá del soporte de preferencia, el texto sólo va a cobrar un significado a través de los lectores. El libro cambió junto a ellos, sigue cambiando con nosotros, y otros serán los encargados de que el libro continúe mutando, hasta que llegue el día que el último lector lo entierre para siempre.

Feliz día del Libro.



Bibliografía.


Borges, Jorge Luis. Obras completas Vol. 3. Buenos Aires: Sudamericana, 2011

Chartier, Roger y Guglielmo Cavallo. Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid: Santillana, 2011.

Chartier, Roger. El mundo como representación. Barcelona: Gedisa, 1999.

Luciano. El bibliómano ignorante. Madrid: Errata Naturae, 2009.