Detrás de las máscaras del pudor: Julio Herrera y Reissig y Roberto de las Carreras


“Cristo hizo la Revolución Social, Lutero la religiosa, Voltaire la crítica, Danton la política, Darwin la científica, Comte la filosófica, Wagner la musical, Marx la económica, Baudelaire la literaria ¡Nosotros, la Revolución Sexual!” decía Roberto de las Carreras en diálogo con su amigo Julio Herrera y Reissig, en un texto de éste último que se titula Tratado de la imbecilidad del país (1900-1903).

La cuestión del pudor va a estar muy presente en este ensayo herreriano. El pudor es considerado por el autor, en primer término, como un sentimiento que se esconde detrás de la moralidad y “reúne toda la pauta primitiva desde la estupidez hasta el absurdo” (164). Pone como ejemplo la que era, en aquel entonces, la obra predilecta de las montevideanas; La trilla, una zarzuela cómico-lírico-dramática en un acto escrita por Nemesio Tejo. La particularidad de la obra radicaba en que una de sus frases era capaz de lograr un éxito estruendoso: “La honra es lo más grande, es lo más sublime; sin la honrita, adiós, adiós”. Era en ese instante, señala Herrera, en que las mujeres se hinchaban de satisfacción, encontraban el salmo teatral de su inexpugnable naturaleza, “la apoteosis de su virtuosa exclusividad, [...] la sanción lírica de sus candados de vírgenes” (167).


Con la luz apagada


También se menciona el caso de una señora que es abandonada por su marido, quien huyó con otra mujer rumbo a Guatemala. Unos cuantos meses después, la mujer se hizo presente en una gala de ópera en el Teatro Solís. La indignación fue tal que sus relaciones dejaron de visitarla, fue maldecida por una sociedad que consideraba una desvergüenza el hecho de que una mujer en su condición tuviera ánimo de divertirse.

El exceso de pudor llevaba a que las señoritas tuvieran relaciones con hombres casados, puesto que consideraban una ignominia tales confianzas con un soltero, quien no constituía para ellas un hombre de respeto. Desconfiaban de su discreción, y en materia de honor, como apunta Herrera y Reissig, se hace preciso mucho disimulo, una reserva de ministro. Aquella máscara juega un rol clave y la caída de ese velo pudoroso podía llegar a traer consecuencias terribles. Así fue el caso del velorio de la madre de una amante aristócrata, donde todo Montevideo distinguido concurrió al sepelio, pero ninguno de los acompañantes entró a la casa, que parecía en cuarentena por culpa de la deshonra. En otro caso, una señora a la que se le conocía un amorío con un hombre público, era despreciada, y la llamaban despectivamente la concubina. Luego de contraer las nupcias, la mejor sociedad de Montevideo le rindió homenajes, e incluso, tras fallecer al poco tiempo de su casamiento, “los diarios labraron las más hermosas diademas fúnebres, elogiando las virtudes privilegiadas de la extinta” (168). Esto está ligado a lo que apunta Michel Foucault cuando sostiene que la aphrodisia debe desarrollarse en penumbras y no a plena luz del día. Este término, aphrodisia, cuya definición propuesta por la Suda, que repetirá Hesiquio, representa los actos de Afrodita, es decir, “actos, gestos, contactos, que buscan cierta forma de placer”, en concreto, aquellos relacionados con el cuerpo, los carnales (El uso 78-79). Entonces, si las aphrodisias debían desarrollarse más bien en la oscuridad, al no ver, dice Foucault, “nos precavemos contra las imagenes (phantasia) que podrían grabarse en el alma, permanecer en ella y regresar de manera inoportuna” (La inquietud 280). Para Plutarco, huir de la luz en el momento del acto sexual - evocando el kairos- , implica evitar las imágenes de placer y en consecuencia, eludir la renovación constante de nuestro deseo insaciable y de impulso frenético (281).

Sumado a esto, se puede poner el ejemplo del diálogo socrático que se encuentra en el Hipias mayor, en el cual Sócrates discute junto con Hipias el significado de la belleza. En determinado momento, Socrates dice: “en lo referente al amor, todos nos objetarían que es muy placentero, pero que es preciso que, cuando se hace, sea de manera que nadie lo vea porque es muy feo para ser visto”. Es decir, que se consideraba el acto amoroso como placentero, siempre y cuando se practique en la oscuridad.


El baile de máscaras


Retomando el texto de Tratado de la imbecilidad del país, hay un punto importante en el que se va a detener, y es el relacionado con los bailes ecuménicos de máscaras que tenían lugar en el Solís. Allí, señoras y señoritas de la aristocracia concurrían bajo distintos disfraces. Herrera destaca que las mujeres casadas solían escaparse de sus maridos por intermedio de ingeniosos pretextos, aunque aclara: “nadie piense en una carnavaleada de las eximias Lucrecias. Su objeto es curiosear un rato, es darse cuenta de los hervores de la orgía, sin peligro de que nadie las critique” (169). Sin embargo, más adelante, da cuenta de aquello que se encontraba en el plano del vox populi, vox dei, donde había quien auguraba que las mujeres para estos eventos salían sin calzones, aprovechaban la ocasión para tomar unas vacaciónes de la abstinencia, de las pesadas tareas de los deberes conyugales, “única época del año en que las uruguayas echan una canita” (ibid.).  El concepto carnavalesco va a ser estudiado por Mijail Bajtín, en un texto que dedica al estudio de la obra de Rabelais. Para Bajtín, el carnaval representaba una suerte de desdoblamiento del mundo, "el triunfo de una especie de liberación transitoria" (15), donde las organizaciones jerárquicas del régimen feudal eran provisionalmente abolidas, se conjugaba “mito y rito en el que confluyen la exaltación de la fertilidad y la abundancia” (Ginzburg 6) y “al invertir toda la situación social, desafía las jerarquías dominantes, reta al poder” (Viñas Piquer 467). En contraste con lo que sucedía en las fiestas oficiales (tanto del Estado como de la Iglesia) donde el pueblo no era capaz de salir del orden existente (Bajtin 15). Esa dualidad se podría encontrar también en tradiciones folclóricas donde las divinidades se convertían en objetos de burla, los ritos y mitos cómicos representaban una parodia de la vida cotidiana, como un modo de volver el “mundo al revés”, destruyen la seriedad unilateral y “tiene un poder liberador de las situaciones hegemónicas” (Viñas Piquer 467).


Los lanceros


Durante el carnaval, señala Herrera y Reissig, las amuebladas o lugares de hospedaje transitorio, lucían una tablilla como la de los trenes de dice “completo”. Los muchachos jóvenes competían luego por quién había contraído más enfermedades venéreas en sus excursiones al bajo. Tanto esto como en los bailes “con quebrada” y la competencia a quién sabe “jugarle pierna” con elegancia más orillera, eran claves para alimentar la vanidad de los montevideanos. “Los Donjuanes de Santa Teresa, los conquistadores de cinco reales, pasan el domingo tomando mate, en animada tertulia, con las Leonores de los marineros de nuestros misteriosos prostíbulos” (169). Incluso, algún joven desolado, que no había tenido igual fortuna que la de sus compañeros en la condecoración de un chancro, incapaz de "vanagloriarse de tan lumínica honra”, va en busca de una prostituta. Así lo relata irónicamente Herrera y Reissig: “dirigióse a la infectada y poco después, el incólume caballero pavoneábase enorgullecido con una placa conmemorativa bajo la lengua” (170).

Luego, el ensayo herreriano va a hacer énfasis en el narcisismo de los jóvenes, describe a aquellos que hacían apuestas al que tiene más aguante para echar diez “vainas” en la calle Santa Teresa, recorriendo todos los hoteles y sirviéndose un vermouth en cada uno. Hay un vencedor y un vencido. Éste último será el encargado de satisfacer con deleite los “gastos de la guerra”. Foucault menciona algo que se vincula de algún modo con lo antes mencionado: “Las prácticas del placer se reflexionan a través de las mismas categorías que el campo de las rivalidades y de las jerarquías sociales” (El uso 419). Y es a partir de esto, que puede comprenderse que en el comportamiento sexual “hay un papel que es intrínsecamente honorable y al que se valora con derecho pleno: es el que consiste en ser activo, en dominar, en penetrar y en ejercer así su superioridad.” (420).

El mayor orgullo de los jóvenes montevideanos, dice Herrera y Reissig, consiste en la "longitud de la jabalina". Quien sea portador de la biznaga más voluminosa goza de un prestigio inverosímil entre sus compañeros, todos dicen de él con tono de admiración que es demasiado hombre para una sola mujer y exclaman: “¡qué buena lanza!”. Y es que, volviendo a Foucault y su análisis del pasaje de Clave de los sueños de Artemidoro, el órgano masculino (al que llama anagkaion, es decir, elemento necesario, aquel cuyas necesidades nos constriñen y cuyas necesidades constreñimos) “es significante de todo un haz de relaciones y de actividades que fijan el estatuto del individuo en la ciudad y en el mundo” (La inquietud 69). Entre ellas está la familia, la política, el estatuto social, la libertad y el nombre mismo del individuo. El miembro viril, aparece en la encrucijada de todos los juegos de dominio:

dominio de sí, puesto que sus exigencias podrían someternos si nos dejamos constreñir por él; superioridad sobre los copartícipes sexuales, puesto que es gracias a él como se efectúa la penetración; privilegios y estatuto, puesto que significa todo el campo del parentesco y de la actividad social (71).

La satisfacción narcisista está latente constantemente, sumado al afán de obtener el reconocimiento en el otro. Herrera describe sin tapujos la historia de un joven, “guanaco arisco que escupe a torrentes en la calle Santa Teresa”. Considerado por los demás como una “eminencia prolífica”, se le dirigen cumplimientos que él recibe “lisonjeado con inclinaciones de coquetería” (172). La mirada exterior, para Lacan, es lo que a uno lo determina intrínsecamente. En el campo del registro escópico, “por la mirada entro en la luz y de la mirada recibo el efecto” (113). Es curioso el uso de la enfermedad como una forma de reconocimiento y de jerarquía, como en el caso de aquel joven desolado y nostálgico. Se da el caso contrario al que sostenía Areteo acerca de las enfermedades sexuales, ya que con ellas es la virilidad, es decir, el principio de la vida, que se pierde a través del sexo. “Es una enfermedad vergonzosa: sin duda porque es inducida a menudo por el exceso cuantitativo de las prácticas sexuales” (Foucault La inquietud 235), pero en el ejemplo que describe Herrera y Reissig, el exceso de las prácticas sexuales no significaba algo vergonzoso, sino todo lo contrario, el individuo se jactaba de ello y se vanagloriaba de haber contraído la enfermedad.


Las caída de la máscara.


En el texto “El marido y el amante” de Roberto de las Carreras, el autor nos dice que el amor no es sinónimo de virtud, sino que muere joven. El hecho de pretender obtener el amor de una sola mujer sería análogo a componer una ópera con una sola nota musical, o escribir un libro con una sola letra del alfabeto. Para los griegos, pretender ser amado exclusivamente era una locura, y dice de las Carreras: “¡Sería curioso que el Amor, cuyas alas frágiles se han escurrido entre los dedos de los semidioses; de Cátulo, de Musset, de Horacio, de lord Byron, se encontrara prisionero en los hogares montevideanos junto a la cocina y al retrete!”

Para Roberto de las Carreras “todas las cobardías, todos los crímenes del Matrimonio se deben a que el hombre se considera dueño de la mujer. Cuando reconozca su independencia, las prerrogativas inviolables de su corazón y de su sexo, no será ya rencorosamente arrebatado por los mil espectros lívidos de la Venganza. La fatal veleidad no le parecerá un robo depravado, un inicuo desconocimiento de los derechos sensuales de que se considera investido. No verá en ella el desacato irritante, el golpe de audacia de la esclava que provocó sus empujes de macho dominador, sino la despedida de un ser igual que se aleja...”

El ensayo continúa con una crítica a la negación de la propiedad del cuerpo de la que es víctima la mujer, propiedad exclusiva de su marido, nadie salvo él puede hacer uso de ella. E incluso, de las Carreras va a denunciar el poder que tiene sobre ella, a tal punto de ser capaz de quitarle la vida:

Alevosía, premeditación, ensañamientos, todos los nubarrones lúgubres del crimen, están permitidos al pater familias, al déspota romano, para vengar su impotencia, su despecho, su atávico prejuicio. ¡La Ley le entrega su cuchilla!
¡Código de tiranía que te ensañas con el débil! ¡Leyes depravadas dictadas por el Antropoide!

Pone el triste ejemplo de un hombre, que al encontrar a su mujer in fraganti, la arrojó por el balcón, alegando que ese era el único medio con que se puede contener a una mujer. Ese hombre era el propio padre del autor, y de alguna manera, siente que al defender al sexo opuesto y al condenar el femicidio atroz, está, al mismo tiempo, velando por el alma de su madre, mujer de pasión y de aventura, un alma libre.

La injusticia contra la mujer, vista como una inapelable condena dantesca, a permanecer en el frío lecho matrimonial, hollado su derecho de amar, encadenada a las normas del deber, a la opresión de la virtud es que, frente al marido, adusto conservador, se yergue el amante. Símbolo de caricias, Lucifer olímpico que extiende la carne torturada de la mujer sobre sus brazos cargados de redención.


Fue Paris, fue el trovador florido, bohemio sentimental que mariposeaba alrededor de las ceñudas torres, prisión de la Castellana. Fue Macías, colgado de una almena. Fue Abelardo, mutilado, arrancando a las fibras de Eloísa, la sublime encendida, un grito anárquico de rebelión amorosa que desarraigó la Edad Media.
Ella, llamada por el deseo, desafió a su señor, “selló el Amor Libre con la sangre de su Calvario sensual”. La lucha del marido y el amante, señala Roberto de las Carreras, ha sido eterna, la de dos enemigos infatigables, y han dejado en la historia de la mujer un rastro de sangre y odio. Así, el autor sostiene: “¡El porvenir es del Amante, que triunfará con la Anarquía!”

Los celos representan una de las principales características del primitivismo de los hombres. El amor vive de deseos y muere en la saciedad, no perdona a los elegidos y, para el autor, es menester optar por una mujer sumisa, inerte, desalmada, incorpórea, sin virtud, sin abnegación, que se vende estúpidamente contenta, prostituta a largo plazo a la codicia del burgués; o bien la amante y todas sus torturas. Que la vida, como poema de palpitación y de fuerza, no se produzca de la inercia marcada en la frente por el bostezo sacrílego que la ha engendrado en sus hastíos. “ ¡Que surja estremecida, eléctrica -desgarrón de la carne-, de la vibración extrema de los abrazos tempestuosos, de la fecunda­ción inspirada, violenta, del rayo del espermatozoide precipi­tado con vértigo!”.

Este texto de Roberto de las Carreras se publicó originalmente en La Rebelión, el 25 de agosto de 1902, si bien parece que se hubiera escrito ayer.



Bibliografía:

Bajtín, Mijaíl. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. Madrid: Alianza, 1990.

de las Carreras, Roberto. “El marido y el amante” en La Rebelión. 25 Ago 1902. Web. http://totamor.blogspot.com.uy

Foucault, Michel. La inquietud de si (Historia de la sexualidad 3). Madrid: Siglo XXI, 1998.

---------------------. El uso del placer (Historia de la sexualidad 2). Madrid: Siglo XXI, 1998.

Ginzburg, Carlo. El queso y los gusanos. Barcelona: Atajos, 1999.

Herrera y Reissig. “Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Heber Spencer” en Prosa fundamental, prosa desconocida, correspondencia. Montevideo: Biblioteca Artigas, 2011.

Lacan, Jacques. Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis. Seminario XI. Buenos Aires: Paidós, 2015.

Viñas Piquer, David. “Postformalismo ruso: El Círculo de Bajtín” en Historia de la crítica literaria. Barcelona: Ariel, 2002:458-471




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