Ariel y Calibán: Latinoamérica entre dos tempestades


Este año se conmemora el centenario del fallecimiento de José Enrique Rodó (1871-1917), escritor de una de las obras más trascendentes del pensamiento hispanoamericano: Ariel, de 1900. Mario Benedetti, en su ensayo sobre la vida y la obra de Rodó, señala que la razón por la cual Ariel se había convertido en uno de los libros más importantes de América Latina, era el hecho de haber podido traducir los sentimientos de una juventud hispanoamericana inconformista e inquieta. Ariel significó el impulso, la guía que tanto anhelaban y supo hacer eco en otros autores como Leopoldo Díaz, Miguel de Unamuno, Federico García Calderón, entre otros. Tanto fue el prestigio que alcanzó la figura de Rodó que, con tan sólo 29 años, fue nombrado Director Interino de la Biblioteca Nacional de Uruguay.

A pesar de que la obra de Rodó ha suscitado una serie de críticas por parte de varios intelectuales latinoamericanistas, no hay que perder de vista el hecho de que fue un pionero. No era un hombre de izquierda, más bien se podría considerar como un liberal, con tintes conservadores. Y si bien, como señala Benedetti, Rodó tenía una clara inclinación eurocéntrica, dedicó gran parte de su obra a la búsqueda de distintos aspectos y personalidades que formaban parte de la identidad hispanoamericana, como sus ensayos sobre Bolívar, Montalvo o Juan María Gutiérrez. Con Ariel, el autor desarrolla un diálogo donde enfrenta sus dudas, sus temores, sus demonios interiores, y su visión sobre el fenómeno que se desarrollaba en torno a Estados Unidos, lo cual sirvió de punto de partida para estudios posteriores. Además ha sido uno de los grandes impulsores, a través de sus escritos, de la unión y la solidaridad latinoamericana para oponerse al gigante del Norte, en una suerte, como indica Alfonso Reyes en la revista Unión Panamericana, de solidaridad entre los pueblos y un despertar de las conciencias, símbolo de una "noción exacta de la fraternidad americana" (76)

Ya en aquel entonces la existencia de cultura latinoamericana autónoma estaba puesta en tela de juicio. Esta misma cuestión será el detonante para que en 1971, Roberto Fernández Retamar retome la analogía de La Tempestad de William Shakespeare en su libro Calibán. No tener una cultura propia, según el propio Retamar, es no tener identidad, no ser más que un “eco desfigurado de lo que sucede en otra parte” (7), lo que significa, en definitiva, aceptar la condición colonial con resignación. Retamar hace un repaso de la condición ontológica del latinoamericano, condicionada por un mestizaje muy particular, en contraposición a la homogeneidad europea. Va a puntualizar la existencia de una “vasta zona para la cual el mestizaje no es accidente, sino la esencia” (9), parafraseando Nuestra América de Martí. Ni aprendices, ni borradores o desvaídas copias de europeos, para Simón Bolívar, América Latina era un pequeño género humano, un mundo aparte, y dejaba claro que no se trata de un pueblo europeo ni norteamericano, sino más bien “un compuesto” de África y América en lugar de “una emanación de Europa” (Fernández Retamar 11).

En La tempestad de William Shakespeare, Próspero, que representa la encarnación del paternalismo colonial, invade la isla del deforme Calibán. Lo esclaviza y le enseña el lenguaje, es decir, el mecanismo a través del cual el colono occidental ha impuesto su cultura en tierras colonizadas, aplastando la existente, o según palabras de Jean Paul Sartre, introduciendo en sus bocas "mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes”, palabras que enmudecen, palabras que no dejan hablar. Calibán es un anagrama de caníbal, “el hombre bestial situado irremediablemente al margen de la civilización, y a quienes es menester combatir a sangre y a fuego” (Fernández Retamar 14). Por su parte, Casaire va a señalar en su “Discurso sobre el colonialismo”, que la colonización no es sinónimo de evangelización, ni de una acción filantrópica, “ni la voluntad de hacer retroceder las fronteras de la ignorancia” (14), así como tampoco la expansión de Dios ni del Derecho, sino que se trata de una empresa con el afán de extender las competencias económicas a escala global, donde el gesto decisivo es el del aventurero y el del pirata, el buscador de oro y el comerciante, el del apetito y el de la fuerza, bajo la “maléfica sombra proyectada” de la civilización. Para Césaire no se puede hablar de una colonización inocente, impune; una nación que coloniza, una civilización capaz de justificar la colonización, es una civilización enferma (17). Occidente como ejemplo de cultura, civilización y progreso, donde fuera de los márgenes de su territorio reina el primitivismo, la irracionalidad, la bestialidad y la incapacidad de toda lógica es, como indica Cesaire, el prototipo mismo del falso pensamiento. Vale la pena recordar que los egipcios fueron quienes inventaron la aritmética y la geometría, así como los asirios han aportado el descubrimiento de la astronomía y los árabes, el nacimiento de la química. Y esto se enmarca en una época en que el pensamiento occidental se encontraba en una fase pre-lógica (38). De hecho, como indica Enrique Dussel, que Occidente sea considerado como el “centro” de la historia de la civilización es lo que responde a una “invención ideológica”. Su preeminencia se impone recién a partir de 1492 con la conquista de América, ya que “su superioridad será, en buena parte, fruto de la acumulación de riqueza, experiencia, conocimientos, etc.” (48).

En 1878, Ernest Renan realiza el drama Calibán, como una continuación de La tempestad. En la obra, el personaje de Calibán representa al pueblo, pero no con un carácter positivo, todo lo contrario, deja de manifiesto su odio al pueblo y sobre todo a los habitantes de las colonias. Para Renan, su aspiración era la igualdad, sino la dominación: “no se trata de suprimir las desigualdades entre los hombres, sino de ampliarlas y hacer de ellas una ley” (Fernández Retamar 20). El propio Rodó va a tildar de antidemocrático el pensamiento de Renan. La producción de la otredad para Occidente se vuelve fundamental, no sólo para la construcción del sujeto colonizado, sino para la construcción de la identidad propia, hecha a partir de la oposición con el Otro. Este punto es discutido por críticos postcoloniales como Edward Said o Gayatri Chakravorty Spivak. Esta producción del Otro representa un punto ciego para el intelectual occidental, que es a su vez, responsable de la reproducción de la imagen del Otro como la sombra del Yo. Para Spivak "no es solo que todo lo que leen [...] esté atrapado dentro del debate de la producción de ese Otro [...] Se trata, también, de que constituyendo al Otro de Europa se han preocupado de anular los ingredientes textuales con los que tal sujeto podría tomar posesión de su itinerario (o realizar una “investidura”), no sólo con una producciónideológica y científica, sino también por las instituciones legales" (186). La construcción del sujeto colonial como Otro, representa el ejemplo más claro de esta violencia epistémica, ya que se pretende la eliminación de la huella de ese Otro en su subjetividad.

En el año 1898 es cuando Estados Unidos interviene en la guerra entre Cuba y España, a favor de la independencia del pueblo caribeño. Pero lo que termina sucediendo es que Cuba pasa a ser sometida por los norteamericanos, y se convierte unos pocos años más tarde en una suerte de neo-colonia. Estos envistes imperialistas serían bautizados por el escritor Groussac como una “amenaza por el yanqui calibanesco” (22), y se convierte en el primero en relacionar a Calibán con Estados Unidos, lo cual servirá de influencia a Rodó para la composición de Ariel. El autor advierte la amenaza de una América “deslatinizada” por voluntad propia, gracias a la hegemonía que había producido Norteamérica, y el peligro de una construcción “a imagen y semejanza del arquetipo del Norte” por parte de individuos a los que Rodó denomina soñadores de “nuestro porvenir”. A esa hegemonía, el autor le da el nombre de “nordomanía”. La preocupación por una desnaturalización de nuestros pueblos, de la pérdida de una originalidad de espíritu irremplazable, en favor de la imposición de un modelo extraño, ajeno, en un gesto que Rodó denomina de snobismo político, puede acabar, como ha sido mencionado anteriormente en referencia al texto de Fernández Retamar, en la pérdida misma de la esencia, en no ser más que el eco desfigurado de una otredad que se ha impuesto como dominante. Mantener nuestra tradición de raza es un punto clave en Ariel. Rodó encuentra en el Norte una desinteresada concepción del porvenir, un privilegio por la inmediatez, lo que los dota de un “egoísmo del bienestar personal y colectivo”, una sociedad que carga con el germen de la desorganización en sus entrañas, con un interés que se reduce a lo meramente utilitario, vacíos de todo contenido ideal. Este utilitarismo a medida que se va alimentando de la prosperidad material, ansía poder propagarse, obtener la supremacía de la cultura universal y poder forjar un modelo de civilización que pretende lograr su prevalencia.

El personaje de Ariel encarna lo mejor de lo que Rodó considera “nuestra civilización”, lo cual, como sostiene Retamar, no se identifica directamente con América Latina, sino con lo que representaría al “viejo mundo”, es decir, a Europa. Ariel representa para Rodó “la parte noble y alada del espíritu [...] es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad”. Esta asociación que hace Rodó del pueblo latinoamericano resulta, tanto para Retamar como para muchos autores, entre ellos el propio Benedetti, desacertada. Ariel representa al intelectual, un hombre ilustrado, de espíritu libre, pero al fin y al cabo, no deja de estar al servicio de Próspero, al igual que Calibán, si bien reciben un trato diferente. Si bien es cierto que Rodó pudo haber malinterpretado los símbolos, y haya pecado de ingenuo al no haber visto, o al haber visto desenfocadamente, la amenaza imperial, todos los intelectuales que han reinterpretado a La tempestad y han aportado nuevas miradas, reconocen que el autor de Airel supo señalar con claridad, y antes que nadie, al principal enemigo que amenazaba la cultura latinoamericana en su tiempo, y no se puede negar que sus planteos aún conservan una importante dosis de vigencia e incluso de virulencia (Fernández Retamar 34). Según Benedetti "la visión de Rodó sobre el fenómeno yanqui, rigurosamente ubicada en su contexto histórico, fue en su momento la primera plataforma de lanzamiento para otros planteos posteriores, menos ingenuos, mejor informados, más previsores" (102). 

 

Bibliografía:

Benedetti, Mario. Genio y figura de José Enrique Rodó. Buenos Aires, Eudeba, 1966.

Césaire, Aimé. Discursos sobre el colonialismo (Vol. 39). Madrid Akal, 2006.

Dussel, Enrique. “Europa, modernidad y eurocentrismo” en La colonialidad del saber:eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas de Edgardo Lander, editor. Buenos Aires, CLACSO, 1993: 41-53.

Fanon, Frantz. Los condenados de la tierra. México: FCE, 1987.

Fernández Retamar, Roberto. Caliban. México: Diógenes, 1971.

Rodó, José Enrique. Ariel. Montevideo : Ministerio de Educación y Cultura. Instituto Nacional del Libro, 1977.

Said, Edward. Orientalismo. Barcelona: Debolsillo, 2002.

Spivak, Gayatri Chakravorty. “¿Puede hablar el subalterno?” en Orbis Tertius. Año 3, Nº 6, 1998: 175-235.