Porno: el movimiento punk y la herencia del catálogo azul


La literatura pornográfica o erótica ha existido desde hace siglos. Podemos encontrar ejemplos como El viajero desgraciado de Thomas Nashe en 1594, Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders de Daniel Dafoe en el siglo XVIII, así como las obras sádicas y masoquistas del Marqués de Sade, que logran una conjunción entre sexo y violencia a fines del siglo XVIII y principios del XIX. El sociólogo inglés Richard Hoggart en su libro The Uses of Literacy (traducido como La cultura obrera en la sociedad de masas) se va a centrar en un tipo de literatura sexual, popular a principios del siglo XX entre las clases populares, que se articulaba en un mundo donde los valores morales se han vuelto irrelevantes. Esta falta de moral es lo que hace, según Hoggart, que los escritores más populares que se dedican a este tipo de literatura, sean más poderosos como escritores que sus predecesores. Existe un afán por que los lectores sientan la violencia en carne propia, yendo a lo profundo de los sentidos.

Hubo otro subgénero que tuvo mucha relevancia entre los siglos XVII y XVIII, sobre todo gracias a los textos enmarcados en las ediciones de la Biblioteca Azul, que como describe Roger Chartier, representaban un elemento de la cultura campesina, supersticiosa y rutinaria (161). Me refiero a la picaresca, donde los lectores eran “introducidos en el mundo inquietante y atrayente, secreto y revelado, de los estafadores de todo tipo” (182). Describir la sociedad de los pícaros, el timo a los honestos, imágenes de hombres marginales, falsos mendigos y verdaderos ladrones, fueron presentados por el catálogo azul, uno de los géneros que ha fascinado la imaginación de los lectores populares de su época.

Algo de esa tradición sobrevive en la prosa frenética de Irvine Welsh en Porno (2002), que también se las va a ingeniar para representar un retrato de la vida de los "tunantes", la confesión autobiográfica tan característica de aquellas historias contadas desde la perspectiva del pícaro, donde, a partir de una dudosa moral, se iban entretejiendo sus aventuras. Porno marca el reencuentro luego de diez años de las voces de Sick Boy, Renton, Spud y Begbie, retratadas en la precuela y ópera prima de su autor, Trainspotting de 1993 que, tres años después, supo ser adaptada a la pantalla grande de la mano del director inglés Danny Boyle, con un gran éxito de público y críticas. A ellos debemos sumar un personaje femenino, Nikki, que va a aportar uno de los puntos de vista más interesantes y complejos del relato. Descriptiva, observadora, nos presenta un equilibrio entre su accionar y su mundo interior, por momentos conflictivo y dubitativo, y por otros, firme y avasallante, su autoestima fluctuante y su visión de mundo marcan un contrapunto por demás enriquecedor.

Del mismo modo que los relatos picarescos recopilados en La Vie Généreuse prometen, como uno de sus elementos característicos, develar una jerga particular, propia de los pícaros y merceros, en el caso de Porno el dialecto escocés va a hacer las veces del “blesche” en la picaresca francesa, es decir, un lenguaje de lo cotidiano, de lo familiar, de lo cercano. Sin embargo, Chartier habla de una lengua secreta. Debemos entonces, por un instante, tener en consideración el marco de la novela de Welsh y su relación con el movimiento punk. En los estudios de las subculturas británicas realizado por Dick Hebdige, se advierte un lenguaje secreto adoptado por el movimiento punk relacionado con el concepto de “dread” (temor), esa forma imponente e intimidadora, determina “un espacio semántico cerrado y exótico irrevocablemente refractario a las simpatías cristianas blancas (esto es, los negros son como nosotros) cuya existencia misma confirmaba los peores miedos chauvinistas de los blancos” (91). Hebdige hace énfasis en la relación entre el punk y el reggae en la utilización de un lenguaje que surge a partir de una variante dialectal que había sido “hablada durante siglos sin que el Amo la entendiera”.

Además de reunir a los cuatro personajes principales de Trainspotting en un mismo tiempo, no se podría concebir una secuela si no fuera también en el mismo espacio: Edimburgo, o más precisamente, el barrio de Leith, que tiene el valor funcional de un personaje más. Otro elemento compartido con la picaresca, donde la acción se sitúa siempre en un lugar bien delimitado, lo que le otorga individualidad y existencia al personaje. Leith es el lugar donde se conocieron en la infancia, es donde se convirtieron en lo que son. Si bien se coquetea con otros lugares como Glasgow, Amsterdam, Londres, Cannes, la ineludible nostalgia por aquel barrio de Edimburgo que dejaron atrás está siempre latente. Y es que, volviendo al análisis de Hebdige, el punk se define, entre otras cosas, por una contradictoria identidad local. Es decir, por un lado emanaba de lugares de las ciudades del interior de Gran Bretaña, utilizando acentos urbanos que le eran propios, y por otro, se basaba en la negación del lugar. Estaban irremediablemente “encadenados a una Gran Bretaña sin expectativas de futuro” (93). Leith se muestra partido, desdoblado. Por un lado el Leith de la infancia, de los recuerdos más felices, pero por otro es esa ciudad portuaria asfixiante, opresiva, de la que hay que huir inmediatamente; física, mental o espiritualmente. Narcóticamente. Y el lector huye con ellos, de su propio Leith.

Porno, al igual que su precuela, pone bajo la lupa el valor de la amistad, tan devaluado y tan sobrevalorado a la vez. Ese valor degradado es contrapuesto por el valor mercantil, aunque más no sea para abandonarse a los placeres inmediatos, a un "exilio absoluto voluntariamente asumido" (Hebdige 94), a las irresistibles tentaciones que tantas veces han sido puestas sobre la mesa en la narrativa de Welsh. No en vano las referencias a Adam Smith, cuya estatua reposa frente a la catedral de St. Giles, en la zona de la Royal Mile de Edimburgo. Aquello que Goldmann va a sostener en relación a la novela como una  “transposición al plano literario de la vida cotidiana en la sociedad individualista nacida de la producción para el mercado”. A partir de los valores del individualismo liberal se desarrolló la categoría de la biografía individual, elemento constitutivo de la novela, que, en este caso, Welsh lo parte en cinco realidades individuales autónomas. Así es como Porno logra una visión prismática de la realidad a la que refiere, momentos de acción intensa seguidos de escenas contemplativas, el contraste de puntos de vista distintos, en primera persona, narrados en presente, representan la estructura de la novela y esos cambios de voz, son el recurso que el autor encuentra para poner freno a la narración vertiginosa a la que por momentos el lector se ve inmerso.

Y es que tanto vértigo puede resultar adictivo. El lector se transforma en un adicto más, la prosa de Welsh es narcótica. Logra anestesiar a pesar del mundo que manifiesta la obra, esto no implica un escape hacia un entorno color de rosas, ya que ‘Porno’ es capaz de llevarnos hasta el más profundo de los infiernos. Incluso Welsh también juega con el lector, que por momentos siente que todos los secretos de los personajes le son develados, el autor deja que saboree su omnipotencia ilusoria, para luego dejarlo desamparado, confundido y abandonado por las calles oscuras de Leith. Welsh no es complaciente, allana el camino sólo para conducirlo a uno hasta un callejón sin salida o una encrucijada, desprovisto y vulnerable. El lector en posición de intruso es descubierto al fin. Al igual que el Dadá de André Breton, lo que hace es “«abrir todas las puertas», pero esas puertas «daban a un corredor circular»” (Hebdige 93). 

La búsqueda que emprenden los personajes está marcada por una traición, una ruptura irreconciliable que desde el comienzo la convierte en una búsqueda  degradada. El objeto parcial perseguido no existe hasta que no es deseado por el otro, en ese momento se convierte en algo irresistible, tal es así, que uno no puede existir sin el otro. Si bien se trata de una serie de monólogos interiores, son las acciones las que van a determinar el carácter de lo personajes y es a partir de la mirada del otro que que obtienen una identidad. Se establece una dialéctica entre deseante y deseado, que a su vez se retroalimenta entre sí. Al mismo tiempo, como sostiene Lacan: "combatimos a quien más admiramos. Quien es el yo ideal es también aquel a quien, según la fórmula hegeliana de la imposibilidad de coexistencia, debemos matar." (365). La empresa común que van a emprender, la de realizar una película pornográfica, no es más que una excusa para que el individuo enfrente a su otredad y entre los actantes van a existir oposiciones bien marcadas, que sin embargo, son las que los definen, es decir, se necesitan para ser.  Esa dialéctica está en conflicto constante, y la atracción tan fuerte que logra con el lector tiene que ver con lo que señalaba Hoggart acerca de la nueva modalidad de novela sexual, su alto poder de seducción dada por una ausencia total de códigos.

A modo de corolario, resulta interesante destacar que cuando se hizo referencia a ese “lenguaje secreto” de los merceros y pícaros, en el libro La Vie Généreuse se muestra un diccionario de ese léxico, un vocabulario rotwelsch de 207 términos que supuestamente los mendigos utilizaban para llamar algunas cosas por medio de nombres encubiertos. Curiosamente, Chartier logra sacar en limpio lo siguiente:

...los términos más numerosos son aquellos que designan partes del cuerpo (22 palabras), los distintos estados de merceros y pícaros (16), las condiciones sociales (13), los animales domésticos (11), la indumentaria (10), los objetos usuales (8). [186]

Para luego incluir una serie de términos que “también embellece el vocabulario” y que refieren, según expresión de Bakhtine, a “la parte posterior del cuerpo”, lo que nos da la pauta de que este vocabulario proviene de una tradición literaria “grotescamente realista y fácilmente escatológica”.

 

Bibliografía:

Chartier, Roger. El mundo como representación. Barcelona: Gedisa, 1992.

Goldmann, Lucien. Para una sociología de la novela. Madrid: Ayuso, 1975.

Hebdige, Dick. Subcultura. El significado del estilo. BarcelonaPaidós, 2004

Hoggart, Richard. The Uses of Literacy: Aspects of the Working-Class Life. London: Penguin, 2009.

Lacan, Jacques. Seminario 6: El deseo y su interpretación. Buenos Aires: Paidós, 2015.

Welsh, Irvine. Porno. New York: Norton, 2003.

--------------. Trainspotting. Barcelona: Anagrama, 1996.